Bartleby, el displicente

En ocasiones, la vida se presenta, tan sólo, como una sucesión de hechos rotos, sin ilación, como si de la nada y fortuitamente cada cosa a nuestro alrededor sucediera y ya, casi sin sentido. Otras veces, llega a la conciencia al contrario de lo antes anotado, todo acaece ante nuestros ojos como una sincronización de actos encadenados, de suerte, que sin pasar por B, J, T o Y, no podemos llegar a Z partiendo de A.

No obstante, y ante la regularidad, al interior de la vida siempre existe el azar, por ejemplo, puedes llevar una vida “normal” como abogado, vivir en Nueva York, tener tu despacho, dos o tres ayudantes, que hacen su trabajo con efectividad y sin problemas, siempre todo en completa calma; como sucede con el narrador de Bartleby, el escribiente, de Herman Melville. Se trata de una novela corta o nouvelle que fue publicada de manera anónima en dos entregas: el 1 de noviembre y el 2 de diciembre de 1853 en Putnam’s Monthly Magazine, revista que fuera de publicación mensual, nacida en el mismo año de la publicación de Melville, en donde, además, publicarían más trabajos del creador de Moby Dick.

            La trama es sencilla, sin mayores retruécanos; casi por completo, la historia ocurre en una oficina nada ostentosa, un lugar dividido en dos por una especie de vidriera. En la oficina cuatro personas sin nombre, un apodo cuando mucho: Turkey, Nippers y Ginger Nut, junto al abogado de quien sólo se sabe eso y que es el narrador de la historia; los dos primeros son amanuenses, y el tercero, un niño enviado por su padre para que aprendiera el negocio, con el sueño de que fuera abogado, es el mozo. Cuatro sujetos y una oficina en Wall Street; escribir y cotejar papeles legales era lo que hacían ellos, excepto Ginger Nut, salvo ocasiones de mucha ocupación.

            Un día, la tranquila rutina terminó, para fortuna del bolsillo, pero desfortuna de los trabajadores, gracias al aumento de trabajo los escribientes en servicio fueron insuficientes para atacarlo todo por sus propios recursos, así que, el abogado se vio en la necesidad de contratar otro empleado más. Entonces, en contestación a un aviso de solicitud de un trabajador “un joven inmóvil apareció una mañana” con una figura “pálidamente pulcra, lamentablemente decente, increíblemente desolada; era Bartleby.”

Un individuo con “morigerada apariencia,” que en un principio se presentó como un escribiente bastante eficiente, quien fue colocado en un rincón, al lado de una ventana con la vista abierta sobre los adoquines de un edificio, que permitía una leve entrada de luz. Hasta que un día ante una petición, por parte del abogado, de ayuda en el cotejo de un documento Bartleby tuvo a bien contestar que prefería no hacerlo; con un semblante impávido y sereno, que su jefe no alcanzó a atinar en su reacción ante la poca diligencia del escribiente.

            Absorto, el jefe precisó dejar para otra ocasión, de mayor ocio, la solución de este pequeño problema que surgió con el amanuense. Sin embargo este acto no fue el único que ocurrió con él; en distintas ocasiones Bartleby atino a contestar con ciertas variantes, ante la petición de realizar algo de trabajo más que el de escribir, por ejemplo, el ir a por algo, tan solo con cruzar una calle, que prefería no hacerlo o preferiría no decir nada o preferiría no ser un poco razonable o preferiría no aceptar un empleo o preferiría hacer otra cosa.

Hasta dejo de escribir y tan sólo miraba por su ventana y nada que alcanzará a decir el abogado hacía a Bartleby dejar su actitud nihilista; no obstante,  nada se hacía por remediar esto. Era tal la fuerza que ejercía este individuo que siempre decía no, que de repente en el vocabulario de la oficina se comenzó a utilizar mucho la palabra “preferir” como un contagio, algo risible.

Ante las reiteradas negativas de este personaje, el jefe del despacho decide despedirlo, no sin antes tenderle la mano por si algo le hiciera falta, pero el amanuense no hizo nada, no se fue, no dejo de estar en el despacho; por consiguiente el abogado decide cambiar sus oficinas y lo hace, dejando a Bartleby en aquel despacho; pensaba que así su problema había terminado; empero, el dueño que alquilaba aquel local se puso en contacto con él para que se ocupara de su antiguo empleado; todo iba para peor.

Al final Bartleby fue arrestado bajo el cargo de vagancia y fue llevado a la cárcel, donde su antiguo jefe lo visitaba y lo dejo encargado para que no le faltara nada. Con todo, el escribiente siempre prefirió ¡no! Fue un hombre del que no se sabía nada y jamás se supo nada decía el narrador, del que sólo se podía hablar en fragmentos, nunca hacer una biografía, no así, entre los fragmentos sabía él de un posible origen del amanuense con quien alguna vez trabajo.

Se trata de un relato donde habita una profunda negación del mundo, una preferencia por la nada; la historia de un discreto y corriente hombre con una turbadora tendencia al nihilismo, o como dice Borges: es un individuo “que no solo obra de una manera contraría a toda lógica sino que obliga a los demás a ser sus cómplices… Es un libro triste y verdadero que nos muestra esa inutilidad esencial, que es una de las cotidianas ironías del universo.

En fin, es un libro o relato que no deben dejar pasar, al diferentes traducciones y ediciones, para este ejercicio de reseña utilizamos la traducción de Borges, en la edición de La Biblioteca de babel, colección de lecturas fantásticas, dirigida por él; también hay una edición en Nórdica Libros, en la traducción de M.ª José Chuliá e Ilustrado por: Javier Zabala, la última es la que si podemos encontrar fácilmente en cualquier librería, por ejemplo en Hyperión Librería, la cual recomendamos para que la visiten quienes viven en Xalapa; está ubicada en Octavio Vejar #59 esquina con Murillo Vidal y pueden comunicarse a ésta al teléfono: 8412659; ahí podrán encontrar este y muchos otros libros que pueden llenar su mente de buenos recuerdos, y libros con personajes que se parecen un tanto a Bartleby.

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