Venticuatro horas en la vida de una mujer

Esta semana, continuamos nuestro recorrido por la literatura centroeuropea; es el turno de hablar de un relato de largo aliento o de una pequeñita novela, de tan sólo 104 páginas, del escritor austriaco Stefan Zweig, llamada Veinticuatro horas en la vida de una mujer.  Una historia sobre dos vidas y una decisión.  Escrita en 1927 y llevada en ya varias ocasiones al cine, la cual podemos disfrutar gracias a la traducción, al español, de María Daniela Landa y editada bajo el sello de Acantilado.

El relato se desarrolla en una pensión u hotel de la Riviera, cerca de Montecarlo, diez años antes de la Primera Guerra Mundial; la atmosfera de aquel lugar era tranquila y pacífica, como es común en esos lugares de descanso, hasta que un día, con la llegada de un joven buen mozo de origen francés, las cosas cambiarían. En primera instancia, “entre los huéspedes del hotel, que en su mayoría eran personas viejas y achacosas, la  presencia del buen mozo ejercía un saludable efecto, y con ese ímpetu propio de la juventud, con esa agilidad y esa ansia de vivir de que suelen estar maravillosamente dotadas ciertas personas, captábase en forma irresistible la simpatía de todos.”

En instantes, el francés interactuaba con todos las personas del hotel, con las hijas de un fabricante de Lyon, con el fabricante, con un huésped danés y con la esposa del hombre de negocios de Lyon. Jugo ajedrez, charlo de política, fungió como acompañante para Madame Henriette, la conyugue del industrial Lyonés, “exquisita, fina, por lo general muy retraída”, con quien tomo un paseo y bebió café. Esta plácida escena se volvió escandalosa cuando al día siguiente de la llegada del joven, durante la noche, al hotel prorrumpió la desdicha; Henriette de su acostumbrado paseo no había vuelto y el esposo preocupado grita su nombre queriendo que, como por arte de magia, al repetirlo obstinada y desgarradoramente ella apareciera.

Mas, las cosas no marcharon así. Asimismo, había una ausencia más en la pequeña pensión, el adonis francés. De pronto, la turbación ante la desaparición de Madame Henriette cayo para dejar paso a la atroz verdad sobre el paradero de la esposa del fabricante; ésta ha abandonado a su marido, así lo atestigua una carta que el hombre de Lyon encontró y de la cual el contenido, a los huéspedes, hizo saber. Este suceso hecho por la borda toda tranquilidad; todos, huéspedes y personal, contrariados, no saben qué hacer. La mujer había escapado con el joven que un día antes había sido la sensación en la pensión.

A la mañana siguiente del desaguisado, en la mesa del comedor, los huéspedes se reunieron y al paso de los minutos, “estalló en la mesa una violenta discusión, que, exacerbando de pronto los ánimos, estuvo a punto de degenerar en reyerta furiosa.” El acto de la esposa del fabricante desato toda clase de juicios puritanos y pequeño-burgueses. La mayoría de los comensales a la mesa estaban en contra del comportamiento poco apropiado por parte de la mujer que, una noche, había abandonado a su esposo y a sus dos hijas. No obstante, el narrador de la historia, en la novela, es el único que no muestra desprecio, haciendo con ello que la mesa quede dividida en opiniones.

Mientras los comentarios acerca del suceso continúan, y el desorden, causado por la rabia y la obcecación, poco a poco inunda la cabeza de los comensales a la mesa, al punto de casi causar un conflicto, entre tantos puntos de vista surge la imagen de Mrs. C, “anciana dama inglesa, de blancos cabellos, y gran distinción, era, tácitamente, la presidenta de honor” de esa mesa, quien “con la eficacia del aceite suavizador,” calmando “las encrespadas olas de la conversación.” Ella interfiere en la conversación a causa de la opinión, a favor de Madame Henriette, del narrador, quien sobre el asunto dice: “encuentro más digno que una mujer ceda a su instinto, libre y apasionadamente, que no, como ocurre por lo general, engañe al marido en sus propios brazos y a ojos cerrados”

Esta historia hasta aquí referida es sólo el catalizador del libro. La historia continúa con otro relato sobre la vida de una mujer, ésta es Mrs. C.; ella, al ver la actuación del hombre que defiende el desliz de la joven esposa del fabricante, siente la confianza de contarle, a éste, su historia, un secreto por años guardado; las intimas 24 horas en su vida hace veinte años atrás, cuando ellas había estado en una situación parecida.

Cuando tenía 42 años, y recientemente había enviudado y sus dos hijos la habían abandonado, ella decide viajar por toda Europa, y una noche en un casino, en Montecarlo, las experiencias de ésta harían que su vida se transformase radicalmente. Ahí encontró a un hombre que le atrajo, se apoderó de su atención. Toda la noche lo observo jugar hasta el momento que perdió todo y el individuo, entonces, salió del casino y ella lo siguió por miedo a que el hombre hiciera una locura. Después de mucho de ver al hombre, al que siguió hasta una banca de algún parque, decide hablar con él y lo convence de irse con ella; ya en el hotel  no pudo separarse de aquel sujeto.

En el relato de sus aventuras de aquella noche en Montecarlo, Mrs. C. reserva los pormenores, una vez en el hotel, lo cierto es que, a la mañana siguiente, despertó desnuda, junto al hombre, y avergonzada, por lo que salió de ahí, pero al mirar al individuo, ella descubrió en su rostro un nuevo aspecto ya no el de pesadumbre que la noche anterior había tenido sino de ánimo. Entonces, habló con él y lo cito en la tarde para almorzar juntos.

Sin embargo, después de recorrer juntos las calles de la ciudad, de ir a la iglesia y pasar una tarde de ensueño, se separaron. Se citaron para verse por la noche, mas, el azar tiro sus cartas. Ella estaba decidida a abandonar todo por ese hombre, no obstante las cosas no fueron así, no llegó a la estación. Entonces, regreso al casino, triste, y para su sorpresa, él estaba ahí, gastando el dinero que ella le había dado para saldar sus deudas de juego, así comprobó que ese hombre era un apostador sin remedio. El hombre no se inmuto ante la aparición de Mrs. C., y para cuando la mujer le exigió cumpliera su palabra de ya no jugar, le lanzó los billetes prestados encima de su cara y le dijo que lo dejara en paz, lo cual hizo y no volvió nunca a saber de él; pero sí, él quedaría en ella, en su mente por el resto de su vida.

Así pues, tenemos una historia de amor y desamor contada con una cadencia y sencillez que embriaga, que no permite dejar de leer. Tenemos un relato de las pasiones humanas, como el deseo, la voluntad exacerbada, el prístino erotismo.  Tenemos una escritura majestuosa donde Zweig se permite pensar en los polos, a favor y en contra,h.  de esas manifestaciones voluptuosas que siempre acompañan al ser humano, así como de reflexiones sobre la vida y la muerte, tan presentes en la atmosfera de aquella época de preguerra.

También esas letras del autor austriaco hacen un descenso en la psicología femenina, imprimiendo actitudes masculinas a mujeres,  y en las cuestiones de los roles sexuales establecidos. En general, se trata de una novela que da en el clavo contra las apariencias que la moralidad que aquella Europa pretendía, haciendo una crítica a estos valores establecidos como lo realmente bueno.

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